jueves, 21 de mayo de 2015

¿Y se consigue fácil?

Ramón revuelve con rapidez, repasando por enésima vez la biblioteca. De atrás para adelante y viceversa. Mira la hora: 17.50. Se acomoda el pelo y sigue la búsqueda. Rezonga, admira los estantes llenos de libros mientras se rasca la barba y frunce el ceño. Suena el timbre, se dirige a la puerta.
- ¿Quién es?
- Ignacio.
El saludo es breve, seco.
- Sentate si querés, yo sigo buscando un libro.
Ignacio asiente en silencio. Ocupa su lugar, el mismo de cada lunes: en el centro de la cama que oficia de sofá, al lado de Ramón. Viste igual que la semana anterior y que la anterior. Remera blanca, joggin negro, zapatillas del mismo color y la mochila marrón apoyada en la falda. Mira alrededor la pieza vacía mientras escucha los movimientos de Ramón en su cuarto.
Está todo listo. Dos mesitas ratonas son el centro de la sala armada para el encuentro. El sofá-cama contra la pared, sillas y sillones que completan los lugares para el resto de los integrantes del taller. En las mesas, dos termos, un mate y sendas canastas con bizcochitos de grasa. En una salados, en la otra agridulces. Vuelve a sonar el timbre y Ramón sale de la pieza rumbo a la puerta. No pregunta nada, abre.
- Buenas tardes. ¿Cómo estás?
- Hola Silvia, pasá. Tomá asiento que en un rato estoy con ustedes.

Silvia saluda a Ignacio con la amabilidad de siempre. No hablan. Escuchan atentos a Ramón que sigue en la pieza.
- ¿Necesitás ayuda, Ramón?
- No, gracias Silvia. En un rato estoy.

Por arriba de los anteojos mira a Ignacio y le hace un gesto de complicidad. El joven responde con las cejas hacia arriba. Silvia se saca la campera marrón y toma de la bolsa su libreta negra, atada con una banda elástica de goma.
- No hay caso, no lo encuentro.
- ¿Qué estás buscando? – pregunta Ignacio.
- Un libro que me regalaron hace un tiempo. Una edición de “El extranjero” de tapas duras con ribetes dorados en las letras. Lo tenía acá en la mesa la semana pasada pero desde hace unos días no lo encuentro.
- Ya aparecerá – interviene Silvia en tono de consuelo.
- Ojalá. Después del taller seguiré buscando…
- ¿De qué trata el libro? – interrumpe Ignacio.
- Es la historia de un argelino que recibe la noticia de la muerte de su madre con absoluta indiferencia.
- Un clásico de la literatura francesa del siglo XX – acota Silvia.
- Totalmente. Camus es uno de los grandes escritores del siglo pasado – completa Ramón.
- ¿Y se consigue fácil? – replica el joven.
- Sí, no es un libro difícil. Lo complicado de conseguir es esta edición, porque no se hicieron muchas. Además fue un regalo de cumpleaños y me jode un poco más haberla perdido.
- Quizás alguien te la robó – acota Silvia.
- No creo. No la saqué de acá y nunca me ha pasado en todos estos años que doy talleres.

El timbre vuelve a sonar. Sebastián se acerca a Ramón y se percata del gesto preocupado. Al mismo tiempo llegan Mara y Nuncia. Los tres entran y ocupan sus lugares habituales. Saludan a Ignacio y Silvia. Ramón mira la hora: 18.05. Otra vez timbre. Lucio entra y se ubica. Antes de cerrar, se escucha otra voz que pide no quedar afuera. Es María Ana. Con ella, ya están todos.
- Perdí un libro muy valioso, por eso ando medio preocupado – cuenta Ramón
- ¿Cuál? – irrumpe Sebastián.
- “El extranjero”, de Albert Camus.
- ¡No te puedo creer! ¿Alguna edición de colección? – agrega María Ana.
- Sí, una de tapa dura con ribetes dorados en las letras.
- Tranquilo Ramón, seguro aparece cuando menos lo esperes – aporta Mara con tono suave.
- Espero que así sea.
- Sí, seguro – completa Nuncia.
Un breve silencio indica el fin de la charla sobre el libro. Lucio prepara el mate para comenzar la ronda. Arreglan cuestiones de calendario, próximas lecturas, consignas para escribir. Ignacio permanece en silencio. Atento a la conversación de los demás estira la mano y se sirve el primer bizcochito de grasa. Mastica rápido. Algunas migas le caen en la barba castaña y ruedan hasta la panza. Levanta la mochila y se limpia. A su izquierda, Sebastián lo observa. Se cruza una mirada con María Ana que está al lado. Ambos miran a Mara que está enfrente, concentrada en la acción de Ignacio pero desde otra perspectiva.
Lucio ceba mate. El primero para Ramón que apenas lo toma de las cosas que tiene que decir. El segundo, para Ignacio. El joven chupa con intensidad, hasta hacer ese ruido típico cuando no hay más liquido. El taller sigue. Comienzan a tratar el tema del día. Ignacio permanece en silencio, asiente con la cabeza y come. Estira el brazo y se mete tres bizcochos dulces en la mano. Duran poco allí. Van hacia la boca, mastica y otra vez las migas sobre el regazo. La discusión sobre J. D. Salinger sube de tono.
- Es un pedófilo. A mi no me joden – acusa Sebastián entre las risas de sus compañeros.
- No sé si tanto. Hay un juego raro con la niñez – atempera Ramón.
- A mi me hizo acordar a “Lolita” – interviene Silvia.
- ¿La peli o el libro? – aporta Lucio.
- El libro de Nabokov. La película vi la primera y no me gustó.
- Es un peliculón, Silvia. En especial la escena donde ella juega en el parque mientras él la mira por debajo de la falda. ¡Qué bufarra! – agrega Sebastián.
Los ojos de Ignacio se agrandan al escuchar a su compañero. Se saca con la lengua los restos de bizcochos pegados en los dientes, traga apurado y pregunta.
- ¿Es muy vieja esa película?
- Hay dos versiones. Una de la década del ´60 y otra de los ´90. Es mejor la primera – responde Ramón.
- ¿Y se consigue fácil?
- En algún videoclub tiene que estar, la vas a encontrar – completa.

Salinger sigue en el ojo de la tormenta. Sebastián lo ataca, algunos lo defienden y otros lo tratan con indiferencia. Ignacio lo ignora. O eso parece. Su vista está puesta en el techo y en los bizcochitos. Mira con un dejo de enojo cada vez que alguien estira la mano hacia las canastas. Se acabaron los salados, ahora va por los agridulces. Están más lejos y eso representa un esfuerzo. Con disimulo se sienta en el borde de la cama, asiente con la cabeza, esboza un “ajá” y se lanza. Recoge tres, cuatro, los que pueda. Vuelve a su posición original, con la espalda apoyada contra la pared. Mastica, se caen las migas sobre la barba, la panza, el regazo. La mochila vuelve a su falda. No la suelta. La sostiene con las dos manos y cuando abandona su postura la mantiene firme entre las piernas.
Vuelve a tomar mate. Chupa una, dos, tres veces. El ruido y de vuelta a Lucio. Se saca la pasta de entre los dientes, traga. Asiente. Se hamaca de atrás para adelante. Vuelve a abrir grande los ojos cuando escucha:
- Dejame de joder con Salinger. Me quedo mil veces con Bukowski. Putañero, drogadicto. Escribía como vivía, no era pedófilo como este – dice Sebastián.
- “Mujeres” es muy bueno, de lo mejor que he leído de él – acota Ramón.
- ¿Dé que trata? – indaga Ignacio
- Es la historia de un tipo que se la pasa de mujer en mujer hasta que encuentra al amor de su vida. Todo contado en tono muy crudo, sexual, casi pornográfico – le indica Mara.
- ¿Y se consigue fácil? – remata Ignacio con los ojos en órbita.
- Sí, en cualquier librería lo encontrás – cierra Ramón.

Ignacio saca del jogging el celular. Mira la hora: 19.40. Estira el cuello para espiar la calle por la ventana. Agarra fuerte con las dos manos la mochila. No la suelta nunca. A su alrededor el taller sigue su curso. El análisis de la obra de Salinger entra en el epílogo. Ramón propone un par de cuentos del mismo autor y una consigna de escritura para los talleristas. El joven mira fijo los movimientos de Ramón y vuelve a sacar su celular. 19.50. Estira el cuello. Como no llega a ver, se levanta sin soltar la mochila pegada a su falda. Se sienta. Toma tres bizcochitos y come. Mastica, traga, las migas sobre la barba, la panza, el regazo. La mochila, siempre bajo control.

Para cerrar el taller Ramón le recuerda a sus integrantes los cuentos a leer y la consigna de escritura. Ignacio vuelve a mirar la hora en su celular: 20.01. Un auto se detiene justo en la puerta. Permanece estacionado, con las luces prendidas y el motor en marcha. Está inquieto. En medio de la charla se levanta y mira por la ventana. Sus compañeros lo observan en un silencio incómodo.

- ¿Estás apurado? ¿Te tenés que ir? – le señala Ramón con un tono de molestia.
- No, para nada – atina a responder Ignacio sin despegar la vista de la ventana.

El auto sigue estacionado, con las luces prendidas y en marcha. Adentro, la charla sigue. Ignacio vuelve a asomarse por la ventana y ve ahora las balizas prendidas. Se sienta rápido, con los ojos bien abiertos. Transpira. Mueve las piernas, acaricia la mochila mientras mastica los últimos dos bizcochos que quedaban en la canasta. Suena una bocina. Se levanta exaltado.

- ¿Es para vos? ¿Te vinieron a buscar? – cuestiona Ramón, enojado.
- Sí – atina a decir Ignacio mientras se para frente a la puerta.

Ramón abre y el joven sale rápido rumbo al auto gris. Un hombre calvo, con anteojos y el gesto serio espera al volante. Ignacio abre la puerta y antes de cerrar, el conductor arranca. Sigue con la vista a Ramón que saluda al resto de los integrantes del taller en la vereda. Permanece así hasta que los pierde. Se incorpora al frente y abre la mochila.

- Acá está, Papi – el regalo que te prometí.
- ¿Qué es eso hijo?
- “El extranjero” de Albert Camus. Una edición limitada de tapa dura con ribetes dorados en las letras.
- Pero hijo, no te hubieras puesto en gasto. Esto te debe haber salido una fortuna.
- No, Pa. Ramón me lo recomendó la semana pasada y acá está. Ahora es tuyo. Feliz cumpleaños, que lo disfrutes.

Sobre la falda del conductor reposa el libro. Varias cuadras atrás, Ramón y los suyos debaten la actitud de Ignacio, su hambre voraz, la falta de atención y lo poco que aporta al taller.

jueves, 7 de mayo de 2015

Cinco vueltas


Respira hondo y el aire frío le inunda los pulmones. Percibe el aroma a eucalipto y pasto recién cortado de cada mañana. Se calza los auriculares, ajusta su cronómetro en cero, vuelve a respirar y echa a andar. Son cinco vueltas, una hora o quizás un poco más.
Entra con buen ritmo al parque cerrado donde lo espera el circuito. El frío matinal se siente en las manos, que no las cubre con guantes porque transpira de más y se siente incómodo. Afuera el silencio domina la escena. No hay bocinazos, frenadas ni ruidos de la rutina diaria. Pero se hunde en su MP3 y hace que lo silencioso se torne ruidoso. La misma radio y el mismo programa que casi siempre pasa la misma música. Su respiración es metódica: aspira por la nariz y exhala por la boca con un ritmo determinado para no ahogarse ni fatigar los músculos.
A los pocos metros de comenzar lo espera la primera de las tres lomadas. Es la más complicada y por eso elige subirla primero, para que lo demás resulte menos complejo. Con la mirada saluda a dos mujeres que caminan en dirección opuesta paseando siempre a un bebé tapado de ropa en su cochecito. Corre contra de las agujas del reloj, al revés de lo que suele hacer la mayoría.
Superada la lomada, baja veloz y se mete en lo que él mismo denomina la zona oscura. Se trata de una recta baja, lindante al lago que recibe sombra a esa hora de la mañana. La recubre una leve neblina lo que hace sentir el frío más crudo. Está en pendiente y en su horizonte se divisa la segunda lomada. Es más chica, pero el cansancio acumulado la vuelve más compleja.
Desciende la segunda loma y entra en la parte más soleada del circuito. Saluda a un cuidador que emponchado en un polar verde apenas levanta la mano y mueve los ojos en señal de buena educación. Ruedan por su cara las primeras gotas de transpiración y el frío empieza a sentirme menos. A excepción de las manos, que siguen congeladas y entumecidas. La radio da las noticias. “Cuando estás apurado, no corras que es peor”, dice el locutor. Una mueca de ironía se desprende de su rostro al caer en la cuenta que escucha un programa que postula lo contrario que él hace.
Cuando el conductor habla, él pasa por el estacionamiento donde se reúne un grupo de corredores. Ve cómo se mueven las bocas y las manos y deduce que lo saludan, pero ignora esas señales. Está compenetrado en respirar: aspira por la nariz, exhala por la boca. Ahora es la música que lo atrapa cuando pasa por la ciudad en miniatura que ha servido de set de filmación para videoclips, series y alguna que otra película.
Esquiva dos perros y entra en la arboleda. Le resulta curioso que siempre en esa parte se encuentre solo. Es la antesala de la tercera lomada, la última antes de completar la vuelta. La cancha de fútbol se ve en el fondo y le da la pauta que está cerca. No se siente cansado, aunque los músculos se sienten algo duros por el frío. Evita mirar el cronómetro para no sentirse presionado. “Espero marcar buen tiempo, sino voy a tener que aflojar con la cerveza”, piensa mientras sube con esfuerzo.
Se deja llevar por la inercia y baja al trote frenado. Las pintadas amarillas en el asfalto marcan el final y el comienzo de las segundo vuelta. Cruza la línea y mira el cronómetro: 11.45. “Bien, 15 segundos abajo. A mantener este ritmo”, piensa cuando encara la recta en la segunda vuelta rumbo a la primera lomada.
Ya no le presta atención a la música, al programa de radio, a los jubilados que caminan en dirección opuesta o a las chicas que pasan cerca suyo en calzas. Los recuerdos lo invaden. Sin querer mira las canchas de tenis del club y se entristece. Cierra los ojos con fuerza para que esas imágenes desaparezcan. Trata de apagar la voz que lo atormenta desde hace meses. “Tenemos que hablar. Ya no te amo más. Me quiero separar”, escucha por un rincón de su mente. Se le cierra el pecho. No está en la zona oscura, sino que se encuentra en la cama, en la pieza, con la luz de la luna iluminando la escena que no quiere recordar. Sacude la cabeza de izquierda a derecha, seca las gotas de transpiración con el puño derecho de la remera, escupe y vuelve a escuchar la música.
Entra en la recta final para la segunda vuelta. Se apresura. No quiere chequear el reloj pero presiente que está atrasado. No se deja llevar por la inercia sino que baja con fuerza para ganarle unos segundos al cronómetro. Gira la muñeca izquierda y de reojo puede ver: 23.47. Respira con un dejo de alivio y afloja el ritmo para no cansarse de más. Todavía quedan tres vueltas. “Si sigo así entro debajo de la hora y bato mi récord”, piensa mientras saluda a los corredores que elongan en el patio de juegos, ubicado a la izquierda de la calle principal.
“¡Manga de putos! Seguro son amigos del boludo éste. Ella debe estar con él ahora. Se deben estar cagando de risa. ¡Qué hija de puta! ¡Pendeja de mierda! Era necesario cagarme con el profesor del gimnasio. ¡Forra!”. El pensamiento lo abstrae una vez más. Se van la música, los sonidos y también la visión. Pierde el sentido de la ubicación y no distingue si es la segunda o tercera. Si es la última lomada o la primera o si le falta mucho o poco. Mira el reloj y se da cuenta que se acerca la cuarta vuelta. No entiende.
Cruza la línea amarilla y chequea el tiempo: 36.12. “La puta madre. Me atrasé”. Acelera el trote para recuperar lo que considera perdido. La respiración se vuelve casi tan intensa como la carrera. Se agita, tiene calor aunque las manos siguen congeladas. Escupe, respira, vuelve a escupir. Grita. Emite sonidos guturales e insultos que nadie escucha. Él tampoco los oye. Sus oídos están ocupados en una canción, algo de Los Redondos o La Renga, no logra captar. Llora, pero no sabe si es de rabia o dolor. Vuelve a gritar. No baja el ritmo. Escupe. Pasa veloz por la zona oscura. Mira a los chicos de la escuela que juegan en el patio pegado a la palmera y sonríe.
Dos ciclistas que lo superan a toda velocidad lo asustan. Siente unas voces irreconocibles y un frío que le corre la espalda. Se da vuelta para terminar con la sospecha de persecución. Dos cuarentones con calzas brillosas y de colores flúos lo pasan en sus bicicletas que valen casi tanto como su auto. “¡Pijicortos! No entiendo por qué mierda no salen a la calle en vez de romper las pelotas por acá”. Se pierden cuando bajan la lomada. Apresura el paso. Agacha la cabeza y hace fuerza para llegar a tiempo. Vuelve a bajar con velocidad: 47.05. “¡Bien carajo! Vamos que llego antes de la hora”, se dice.
En la última vuelta se nota relajado. Hasta se le dibuja una sonrisa. Escucha el informe de deportes que da el periodista y se indigna. “No se puede ser tan burro, loco. El técnico de Quilmes es De Felippe pelotudo, no Caruso Lombardi”, grita sin poder escucharse. Se ríe. Es una carcajada que de golpe se transforma en llanto. Otra vez el pecho cerrado. Las lágrimas se secan rápido y deja de pensar. Escucha música. Se calma. Enfoca la vista en el camino y se da cuenta que le falta poco. Última lomada. “Dale, metele garra que es lo último. Vamos, Juan. Garra”. Baja rápido, cansado, agitado, sin aire. Cruza la línea amarilla, mira el cronómetro y lo detiene: 58.12. “Seeee”, grita mientras se saca los auriculares y unas señoras lo miran con un dejo de alegría.
Se agacha y agarra sus rodillas con las dos manos. Busca aire. Escupe. Respira por la boca casi, agitado. Camina rumbo a la canilla de agua. Los auriculares cuelgan del pecho y bailan al ritmo del andar. El agua está helada. Bebe mucho, se enjuaga la boca y vuelve a tomar. Cierra la canilla. Camina rumbo a la salida. Mira el circuito. Respira hondo. El sol le pega en la cara y el aire frío le inunda los pulmones. Escucha a los pájaros, el viento. Sube al auto, se va.

jueves, 3 de abril de 2014

Retrato familiar


El retrato flota en medio de la oscuridad. Un destello de luz ilumina el comedor. El estruendo mueves las paredes. Llueve. Así comenzó el día y sigue. Lucía se abraza a sus hermanos en el quinto escalón de la escalera que da al cuarto de los varones. Está empapada, tiene frío. Trata de contener a la abuela que llora en silencio. Otro relámpago. El retrato navega entre las sillas, la mesa, el mueble de los platos y todo aquello que pueda flotar. No se ve nada. Salvo esos flashes de luz.

La noche se apoderó del día y no se escucha nada, salvo el agua. No hay sirenas, no hay patrullas, nada. Lucía trata de no pensar. Mira a sus hermanos, a su abuela y piensa en su mamá que todavía no volvió. El celular se quedó sin batería después de perder la señal. El agua sube, lenta, silenciosa. Ya tapó la cocina, el living, el comedor, las piezas, y el auto. Un olor fétido la mantiene alerta. Mira sus pies manchados de alquitrán, las zapatillas amarronadas por el barro, la mierda. Se muerde la lengua para no llorar. Acurrucada en un rincón mira por la ventana.

No hay luz en toda la cuadra. Las calles son arroyos de agua. Las casas vecinas están tapadas. Se acuerda de la vieja Nelly que vive enfrente y el corazón se le hace una piedra. “¡Mamá!”, suspira sin querer pensar en lo malo. No lo puede evitar.

-          ¿Va a parar de llover alguna vez?
-          Basta, Gonzalo, no te quejes que la abuela no se siente bien.
-          ¿Y mamá dónde está?
-          No sé, hablé con ella hace rato y me quedé sin batería.
-          Por ahora acá estamos bien, pero si sigue lloviendo el agua nos va a tapar.
-          Siempre tan optimista este pendejo.
-          Basta, Mauricio, no se peleen. No me vuelvan loca. Traten de dormir.
-          Son las diez, tengo hambre antes que sueño.
-          Bueno, calláte entonces.
-          Sí, calláte pendejo.

La abuela está recostada en la cama. Dormita. Lucía se acerca y la consuela. Es la única que quedó seca de los cuatro. Los tres hermanos llegaron para socorrerla y la subieron a la pieza. Los esfuerzos por salvar algunos electrodomésticos se agotaron cuando se cortó la luz.

-          El perro. Tengo que buscar a Polo.
-          Dejálo, Mauricio, debe estar ahogado ya.
-          Calláte, pendejo, te voy a cagar a trompadas.
-          Gonzalo tiene razón. Quedáte acá.
-          Me importa un huevo lo que digan ustedes, lo voy a buscar igual.

Mauricio baja las escaleras con sigilo. Está oscuro. Se agarrra de la pared para no caerse. Mientras, llama a su mascota. “Polo, vení. Polo, Polo, Polo, venga. Vamos, venga”. Sin respuestas. Baja un par de escalones más. El agua le llega a la cintura. Mide 1,82. Sabe que de seguir bajando tendrá que nadar en esa podredumbre. Se toma un instante y continúa. Llega a planta baja, tapado hasta los hombros, con la cabeza en alto y un gesto de asco constante. Camina con esfuerzo, empuja contra la corriente que viene desde la calle. Se topa con muebles, sillas, libros que flotan. “Polo, Polo ¿dónde estás?”, grita entre dientes. El perro no aparece. La heladera tapa la entrada principal y no lo deja salir. Decide volver a la pieza. En el retorno encuentra el retrato, dado vuelta.

-          ¿Y el perro?
-          No aparece, está imposible abajo. Es un asco. Perdimos todo. No lo puedo creer.
-          ¿Qué decís nene?
-          La verdad, Gonzalo. No tenemos nada. La heladera está cruzada sobre la puerta, el auto hundido. La casa de la abuela debe estar peor.
-          Y mi pieza. No quiero pensar lo que debe ser mi pieza.
-          Sí, Lu. Tu pieza debe ser como el resto de la casa.
-          No llores Lu, tranquila.
-          Mirá lo que encontré. Flotaba dado vuelta.

Lucía se seca las lágrimas con la manga del buzo sucio y entrecierra los ojos para ver mejor. La madera está ablandada, mojada, pero la foto intacta. Ella en el centro, radiante con su sonrisa perlada, los cachetes ruborizados, el pelo recogido con detalles de flores rococó y el vestido blanco. A la derecha, Mamá, con su vestido azul francia y la mirada nerviosa. A la izquierda, Gonzalo y Mauricio. Ambos con camisa blanca y corbata azul. Arriba, en el medio, Papá. Los mismos cachetes ruborizados, disimulados por una barba tupida entre castaña y colorada. Ojos pequeños, color canela, y una sonrisa tímida. Traje azul oscuro, camisa blanca, corbata celeste. Lucía llora. Aprieta el retrato con las dos manos y mira fijo la escena familiar. Gonzalo se acerca y la consuela. Mauricio observa por la ventana para no ver el llanto de su hermana.

-          No tendría que haber traído esa foto.
-          ¿Cómo que no? Menos mal que la trajiste. Si la perdemos, Mamá nos mata.
-          No es por eso. Mirá como te pusiste.
-          Es la emoción. Nada grave, no te preocupes.
-          ¿Sigue lloviendo?
-          Sí, no para.
-          ¿Dónde estará Mamá?
-          Seguro que se quedó en lo del tío y como no hay celulares, no nos pudo avisar.
-          O por ahí se ahogó como Polo.
-          Calláte, pendejo. ¿Cómo vas a decir eso? Ni Polo ni Mamá se ahogaron. Cortála.
-          Se pueden callar. Es increíble que ustedes se preocupen más por pelear que por ver cómo salimos de esta.
-          ¿Y a dónde vamos a ir?
-          A pedir ayuda.
-          Está lloviendo, Lucía, no podemos ir a ningún lado.
-          Además, mirá la calle. Es un río. Y no podemos dejar a la abuela sola.
-          Bueno, entonces cállense y no se peleen más.

Ya no llueve. Silencio. Se escucha el lento respirar de la abuela recostada en la cama de Mauricio. Acurrucada en la ventana, Lucía se fija en la calle. Abraza el retrato y acaricia la foto. Llora, vuelve a mirar la cara de Papá, su rostro, las lágrimas ruedan por los cachetes ruborizados. Lo aprieta contra su pecho y mira al cielo. Los hermanos duermen en la otra cama. No hay noticias de Mamá. Una lancha de los bomberos pasa iluminando las casas. Nadie sale. Cansada, se recuesta contra la pared. Duerme.

-          Lu, despertate. Dale, Lu… ¡Lucía!
-          Pará nene, ya te escuché. ¿Qué pasa?
-          Están llamando los bomberos abajo, ¿qué  les digo?
-          Dejá, voy yo. Quedate con la abuela. ¿Y Mauricio?
-          Salió a buscar a Polo y todavía no volvió.
-          ¡Qué pibe éste! No se puede quedar quieto un minuto. No te muevas de acá. Ya vengo.

Lucía baja las escaleras. Dejó de llover hace rato y el agua bajó un poco. En puntas de pie, con algo de temor y mucho asco, camina hasta la puerta. La heladera está a un costado, flota pero no obstruye la salida. El auto sí. Con cuidado, se acerca hasta la calle luego de sortear el vehículo hundido.

-          ¿Todo bien, señora?
-          Sí, oficial.
-          ¿Necesitan algo?
-          Agua. Estamos con mi abuela.
-          No tenemos, señora. ¿Quiere que la traslademos a algún lado?
-          No. Ya está. Esperemos que no vuelva a llover. Además no vino mi mamá y no queremos irnos.
-          Bueno. En un rato volvemos.

Vuelve lento. Trata de no pensar en lo que hay abajo y roza sus pies. Cierra los ojos. Evita oler. Una mezcla de cloaca con petróleo vuelve el aire espeso, difícil de respirar. Sube las escaleras y se acurruca en el mismo lugar de toda la noche. Abraza el retrato y se recuesta contra la pared.

-          ¿Qué te dijo el bombero?
-          Nada. Si queríamos ser evacuados. Le dije que no.
-          ¿Cómo que no? ¿Qué vamos a hacer acá?
-          Esperar, Gonzalo. Eso vamos a hacer. No llueve. Mauricio y Mamá andan por ahí. No nos podemos ir. Además, sabés lo que nos va a costar a nosotros llevar a la abuela hasta el gomón. ¿Sigue dormida?
-          Sí. Parece mentira. Nosotros acá y ella durmiendo como un angelito.
-          Está así porque yo le di la pastilla. Sino, hubiera sido peor.

Gonzalo se acuesta. Lucía cierra los ojos en busca del sueño perdido y se apoya contra la pared.
El sol la despierta. No entiende dónde está. Mira por la ventana y ve que el agua sigue bajando. Otra vez el olor. Deja el retrato y baja. No hay señales de Mauricio ni de Mamá. “¿Dónde se metieron estos dos?”. El agua llega por los tobillos. Animada, sube y despierta a su hermano.

-          Gonzalo, vení. Ayudáme a mover las cosas.
-          ¿Qué? ¿Estás loca, vos?
-          No, dale vení. Empecemos a ordenar y limpiar.
-          Bueno.

Los hermanos miran la escena. La heladera apoyada en un rincón, con las puertas abiertas. Un televisor boca abajo se choca con el equipo de música. Lucía suspira, se arremanga el buzo y empieza. Los objetos se le resbalan de las manos. Están engrasados y embarrados. Respira hondo para no vomitar. Apoya el microonda en la mesada y le indica a su hermano que haga lo mismo con el equipo de música y la tele. Despejan la cocina. Llevan los electrodomésticos al patio, menos la heladera que sigue pesada y difícil de mover por el agua. Se acuerda de su pieza, la de Mamá y la de la abuela. Camina rápido, con esfuerzo por el peso del agua.

Entra a su cuarto y rompe en llanto, pero silencioso. No quedó nada. O sí, pero todo está destruido, mojado, arruinado. La ropa flota por la habitación. El ropero deformado, hinchado. La cama, corrida de lugar. Libros, papeles, discos, apuntes, cartas, fotos, se bambalean al ritmo del oleaje que produce su andar. Las cortinas están manchadas, mitad blancas, mitad negras. Sale. Recorre la casa y encuentra escenas similares.

Mauricio se asoma por la reja de la entrada y llama a su hermana.
-          ¿Dónde estabas, nene?
-          Fui a buscar a Polo, pero no hubo caso. Y de paso me fui a lo del tío a ver si estaba Mamá.
-          ¿Y? ¿Estaba ahí?
-          Sí, le dije que se quedara. Vine caminando porque es imposible andar en auto. No sabés lo que es la ciudad, Lu. Un desastre.
-          Con mirar nuestra casa me alcanza.
-          En una hora viene el tío a buscar a la abuela. ¿Y Gonzalo?
-          Está tratando de ordenar un poco la pieza de Mamá. Perdimos todo Mauricio, todo.
-          No llores, Lu. Ya está. Al menos estamos bien.
-          ¿Y a quién le importa estar bien? Dejáme de joder.
-          ¿Qué pasa acá? Me cagan a pedos a mí y ahora se pelean ustedes.
-          Vení, pendejo, acompañáme a lo del tío así lo guiamos para que venga a buscar a la abuela.
-          ¿Y Mamá?
-          Está con ellos.
-          Vayan, yo me quedo con la abuela. Voy a despertarla y prepararla para darle la noticia.

Sube lento las escaleras. Cierra los ojos. Se acerca a la cama y acaricia el pelo de la abuela. Le da un beso en la frente y la mueve despacito para despertarla. Mira la pieza. Busca el retrato. Lo abraza. Besa el rostro de su papá y vuelve a con su abuela. La señora se incorpora, adormecida. Mira a Lucía, al retrato y sonríe. “Qué lindo la pasamos en tus 15, Lu”. Lucía se ríe, llora, abraza a su abuela, al retrato.  

jueves, 27 de marzo de 2014

Polvo volátil

El pincel delineador pasa suave por el filo del párpado. Primero hacia afuera y después para adentro, así fija el color negro con una línea fina casi imperceptible. Repite la acción en el otro ojo. Toma el rímel, resalta las pestañas con un tono oscuro, entre violáceo y gris metalizado. Se moja con saliva el dedo índice y corrige un detalle. Toma el mentón, eleva unos milímetros el rostro y se aleja para adquirir perspectiva. Repasa otra vez las pestañas, ahora con el arqueador para darles la forma definitiva.

Revuelve el estuche hasta dar con el corrector. Se empapa el índice y deja tres manchitas en ambas ojeras. Esparce repiqueteando con sus dedos cerca de los ojos hasta los pómulos. Toma el mentón, baja unos milímetros el rostro y se corre hacia la derecha. Después a la izquierda, evitando hacer sombra sobre su obra. Junta los labios, se rasca una mejilla con el pincel y suspira. Vuelve al estuche.

Saca el rubor y lo aplica con sutileza. Apenas carga las cerdas del pincel, repasa con suavidad por ambos cachetes. Se aleja, da un paso a la derecha, uno al centro, otro a la izquierda. Corrige la luz. Asiente con la cabeza y mira la hora. “Va a sonar el despertador”, piensa. La chicharra de la alarma no la sorprende. Apaga el reloj, se dirige a la cocina y prepara el desayuno.

—Buen día, mami, ¿cómo estás?
—…
—Te hago el té con leche. ¿Quéres tostadas de pan blanco o negro?
—…
—Ya sé que siempre comés negro, pero por ahí querías cambiar un poco. Compré una mermelada de arándanos que te va a encantar.
—…
—No seas así, mami. Sabés que los arándanos se parecen a los frutos silvestres. Cambiá un poco ese humor.

El silbido de la pava marca el comienzo de la preparación. Cinco cucharadas de té en hebras, un chorrito de agua fría y después de unos segundos el agua hirviendo. Dos minutos en reposo y listo para servirse en la tetera blanca de porcelana con finos arabescos azules. El resto del juego está en la mesa. Las tazas, el jarrito con leche tibia, los platos y las cucharas de plata herencia de la abuela.
Llena hasta la mitad la taza. El té humeante, negro, empaña los cachetes de la madre. Un chorro largo de leche tibia tiñe el recipiente de un color más claro. Ahora se aboca a su taza. Sirve casi hasta el tope y la decora con dos gotitas de limón. Unta las tostadas con la mermelada de arándanos. Dos en el plato de enfrente, otras dos para ella.

—Y, mami, ¿está rico el té?
—…
—Es importado. Me lo trajo una clienta de Inglaterra en señal de agradecimiento. ¿Viste que es un poco más dulce que el nuestro? Lo dejé un rato más en reposo porque sé que te gusta bien negro. Igual no entiendo porqué le ponés leche, pero bueno.
—…
—¿Miraste las noticias? ¿Querés que ponga a Mauro un rato? Los noticieros de la mañana son muy aburridos, pero el de él me hace acordar a nuestras épocas. ¡Cómo nos divertíamos!
—…
—Es verdad, terminó siendo nuestra ruina pero no digas que no la pasábamos bien. Todos los días emperifolladas como dos reinas, sentadas en esos sillones caros, hablando y opinando de todo. En fin…
—…
—¿Terminaste? ¿No vas a tomar más? Serás tozuda, no tocaste las tostadas con mermelada de arándanos. Está bien, mañana compro la de frutos rojos y listo. ¿Contenta?
—…
—Bueno, te dejo así me pongo a trabajar.

Levanta la mesa, deja todo en la bacha de la cocina. Entra al baño, se lava la cara. Recoge su largo y oscuro pelo en una cola de caballo bien tirante. Se lava los dientes, las manos, se ata la bata de satén blanco que recubre el déshabillé rosa con encajes blancos en el pecho. Chancletea hasta encajar en sus pies en las pantuflas y vuelve al trabajo.

Prende la luz y acerca la silla con rueditas. Revuelve el estuche hasta dar con los pintalabios. No se decide. Rojo, morado, marrón o violeta. “Tiene que ser discreto”. Se decide por uno rosa, con un leve tono fucsia. Con el delineador dibuja primero la parte superior y luego la inferior. Lo hace despacio. “La boca es la zona más sensible”. Después rellena lo que queda con el rouge y retoca con un cotonete empapado en alcohol. De un empujón con las piernas se aleja para admirar lo hecho hasta ahí. “Creo que ya está”.

El aromatizador de ambiente larga la estela de aire perfumado. Aires de montaña con reminiscencias cítricas y madera. Así se lee en el aerosol. Una gota de sudor nace en la frente, baja por la mejilla dejando una huella entre turquesa y verdosa. “La puta madre. Este calor de mierda me arruina todo”. Se huele la axila derecha, seca los bigotes de transpiración y prende el aire acondicionado. Primero en 20, después en 19, por último en 18 grados. “Y ahora cómo carajo soluciono esto”, magulla entre dientes.

Prende el reflector de luz negra. Apaga las luces y repasa con detalle las imperfecciones. Las corrige con el pincel del rubor. Un par de trazos leves, las cerdas acarician la cara. Corrigen de a poco las manchas y el surco dejado por la gota de sudor. Acerca su rostro a la obra. Cierra los ojos y abre las fosas nasales. Olfatea con detenimiento. Frunce la nariz, contiene el estornudo, se frota. Piensa. “Polvo volátil. Eso. Así lo soluciono”.

Revuelve el estuche de los cosméticos y saca el frasco transparente con un polvo color piel. Apoya un pincel de brocha gorda. Con suavidad lo esparce por todo el rostro. De arriba hacia abajo, de izquierda a derecha. Con un algodón apenas humedecido corrige las imperfecciones. Acerca la cara, huele, sopla. “Listo, ahora sí. Voy a dejar el aire en 16 así el calor no me rompe más las estructuras”.

—¿Todo bien mami? ¿Qué estás haciendo? ¿Querés que apague la tele y ponga la radio?
—…
—Bueno, ta bien. Te dejo la tele pero bajá el volumen porque estoy terminado un trabajo que entrego en menos de media hora y no me quiero desconcentrar.
—…
—Y bueno, mami, ¿qué querés que haga? Esto nos da de comer. Todo lo que nos dejó estar de aquel lado del aparato se esfumó con tu enfermedad. Ahora ya estás bien pero hay que pagar deudas. A mí me gusta.
—…
—El olor lo sentís vos. Los vecinos no se quejan. Además siempre mantengo limpio y ventilado.

El timbre la altera. “Mierda. No me digas que es el empleado”. Mira la hora. 11.50. “Justo hoy se le dio por ser puntual a este pendejo”. Con un tono de voz amable atiende el portero eléctrico. Aprieta con fuerza los dos botones que abren la puerta del zaguán. Chancletea apurada. Se cierra la bata, acomoda su pelo, espera firme de frente a la puerta. Casi al momento que suena el timbre, abre.

El joven saluda con vergüenza. Viste un traje negro, camisa blanca y zapatos gastados al tono. Peinado a la gomina, perfumado con colonia, sonríe cuando es invitado a pasar. Casi no levanta la mirada del piso y permanece con las manos entrelazadas al frente, a la altura del vientre.

—¿Querés tomar algo? ¿Café, té?
—No, señora, se lo agradezco. Hagamos rápido el trámite así el patrón no me reta.
—Despreocupate. Vení, acompañame al estudio que te entrego todo.
El joven asiente y sigue los pasos de ella con cautela. A medida que se acerca a la habitación siente el vaho que lo envuelve. Contiene la respiración pero al instante tapa su boca y nariz con la mano. En el camino pasan por la cocina y divisa una figura estática, impávida, sentada frente a un televisor con el volumen alto. El olor lo mantiene ocupado y el apuro por irse lo inquieta.

—Acá está. ¿Querés que te ayude a cerrar el cajón?
—No, gracias señora.
—Bueno, como quieras. Lo único que te pido es que tengas cuidado cuando bajás con el carrito por si se corre el maquillaje. No quiero que se arruine mi obra maestra.
—No se preocupe, señora. ¿Me firma acá?
—Listo. Y tomá, por la molestia de venir hasta acá.

El muchacho acepta el billete de 100 pesos con pudor. Lo guarda en el bolsillo del saco y comienza a arrastrar el carrito donde posa el ataúd. Es pesado, le cuesta moverlo. Otra vez pasa por la cocina. Esta vez más lento por el peso del carro. Se sorprende por ver la escena repetida: la figura estática, el televisor, el volumen altísimo. Ahora observa. Una y otra vez. Detiene la marcha. Su vista está fija en la escena de la cocina. La anciana rubia, pétrea, sobre la silla. Maquillada con colores fuertes, llamativos. Lleva un camisón de seda negro largo. El rostro duro, los ojos perdidos. El olor que viene de allí es aún más fuerte que el de la habitación anterior. Entre asustado y curioso, recorre despacio la distancia entre el pasillo y la anciana. A unos dos metros, se transforma.

Un grito de terror supera al volumen del televisor. El joven corre hacia el cajón, busca la salida. Ella trata de persuadirlo, de contenerlo con gestos y más billetes de 100 pesos que asoman por ramilletes en la mano derecha. El muchacho grita: “No, no, no”. Empuja con fuerza el carro, abre la puerta y toma el ascensor.

—¿Me querés explicar qué le hiciste a ese pobre chico que salió aterrado?
—…
—¿Acaso le contaste de nuestro pasado o de quiénes éramos diez años atrás?
—…
—Dejáme de joder, mamá. Estoy impecable. Este déshabillé lo estrené el día que me casé con Poli y está perfecto. No se asustó por mí, se espantó por vos.
—…
—Como quieras, voy a ordenar el estudio y me voy al gimnasio. Seguí con la tele.

Entra al cuarto y elige la ropa. Calza negra, musculosa roja, zapatillas grises. Se cambia con calma. Suena el timbre. Apura el paso y atiende. Se sorprende. Aprieta con fuerza los dos botones del portero eléctrico. Se arregla el pelo y espera frente a la puerta del departamento. Antes que suene el timbre, abre.
Dos oficiales de policía la saludan.
—¿Señora Fernanda Villar?
—Sí, soy yo.
—Tenemos una denuncia por malos olores y queremos saber si podemos inspeccionar su inmueble.
—¿Una denuncia por mal olor? Si mantengo todo impecable, ¿en qué cabeza cabe?
—Ya es el quinto llamado que recibimos de los vecinos. ¿Podemos pasar?
—Sí, pasen.
—…
—Es la Policía, mamá. La yegua del 5° o el cornudo del 8° o cualquiera se quejó por malos olores. Pero ya se van.
—¿Con quién habla, señora?
—Con mi mamá que está en la cocina.
El oficial la aparta con el brazo y se dirige a la cocina. Desde el pasillo percibe el olor nauseabundo, se lleva un pañuelo a la boca. Al llegar, se espanta. Da unos pasos hacia atrás, a los tumbos, mientras manotea el handy.
—Guzmán, llamá a Policía Científica y a la morgue. Tenemos un cadáver en avanzado estado de descomposición.
—Pero ¿que está diciendo? ¿Perdió el sentido acaso?
—Señora, nos va a tener que acompañar. Esta mujer está muerta y tenemos que determinar las causas.
—¿Cómo que muerta? Mamá, explicale al señor que el olor es por tu enfermedad.
—…
—Mamá, te lo pido por favor. Explicales a estos policías que no estoy loca.
—…
—Mamá, no te rías y decí algo. Toda la vida cuidándote y ¿me pagás así?
—…

Uno de los agentes la toma del brazo y la lleva hacia la puerta. Fernanda se resiste. Hace fuerza para que no la lleven. El oficial pide la ayuda de su compañero y entre los dos la arrastran afuera del departamento. Sigue gritando.
—¡Mamá! Di la vida por vos y ¿así me pagás? Olvidate de las vacaciones en Punta del Este. Cuando le cuente a Poli lo que hiciste se te corta el chorro.

Los gritos se disipan en el pasillo y bajan por el ascensor. En el departamento, el televisor sigue a todo volumen. El cadáver de la madre, pétreo, con el maquillaje corrido por la humedad que en—tró al dejar la puerta abierta.

jueves, 2 de enero de 2014

Las Marianas

La mosca se posa en la sien y se espanta ante la gota de transpiración del pelo que cae en cascada rumbo al cachete. El zumbido lo despierta inquieto y el sol le da la bienvenida con la furia de febrero. Se incorpora en el asiento trasero y despega su remera mojada de la cuerina sintética. Mira por la ventanilla para encontrarse con el mismo paisaje: campo, alambrado y vacas. Por el retrovisor, la mirada de su padre devuelve una sonrisa. Su madre, atenta a la comunicación, rompe el silencio.
—Buen día, dormilón. Ya era hora. En un ratito llegamos.
Responde con una mueca de indiferencia y pega su cabeza contra la ventanilla que está mitad abierta. El viento cálido de la ruta le revuelve el pelo renegrido. Los mechones golpean el vidrio del lado de afuera con su cara transpira pegada al vidrio. Mira el camino con un dejo de resignación. Piensa: “Otra vez febrero, otra vez Navarro, otra vez Las Marianas”.
Las Marianas es un pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires lindero a Navarro, donde fue fusilado Manuel Dorrego a manos de Lavalle. Se trata, además, del lugar natal de su madre y toda su familia. Irlandeses que llegaron al país en busca de una mejor vida y un mejor clima. Allí se instalaron y desplegaron sus costumbres: la buena cocina, nombrar a sus hijos en inglés y un glosario de enfermedades derivadas de alcoholismo.
—Vamos derecho al campo —indica su madre al padre, que asiente sin decir nada.
La resignación se transforma en tedio anticipado. No hay TV y la casa tiene ese olor a guardado que nunca se va por más que se ventile. Los tábanos son los amos y señores del parque, y por el amplio espacio del campo de 64 hectáreas el calor es el rey. No hay pileta, sólo un tanque australiano que sirve para riego, con piso de barro y un verdín permanente. El refresco lo proporciona una bomba cerca de la ligustrina que casi siempre está sitiada por avispas. La vida silvestre se completa con un par de caballos viejos y parcos para la montura, perros sucios, gallinas, gansos y todo tipo de ratas.
Estar ahí más de un día es un suplicio para él. La TV es su mejor amiga y sabe que no estará disponible en todo el fin de semana. El rifle de aire comprimido es para los grandes. Andar en tractor es suicida porque el sol pega duro y todavía le duele la espalda de las quemaduras en las vacaciones playeras. Tampoco hay chicos con los que pueda pasar el rato. Sus primos son porteños y odian el campo tanto como él. Sus hermanos son mayores y se juntan con los adultos. No le queda otra que ser una carga para sus papás, sus tíos y su abuela.
El auto entra en el camino de asfalto y recorre los pocos kilómetros que separan Las Marianas de Navarro; deja una estela larguísima de polvo. Por pedido de su madre sube la ventanilla y el calor se vuelve insoportable. El Renault 12 blanco acelera mientras desfilan a su paso plantaciones de maíz y girasol.
—Ahí viene el cruce, agarrate —grita su papá, emocionado.
Se afirma al asiento de atrás mientras pasan el cruce ferroviario a toda velocidad, haciendo vibrar el auto. Las risotadas de los tres cortan la monotonía que reaparece con la llegada a la tranquera.
—Ma, ¿puedo abrir? —interrumpe.
Su madre asiente con la cabeza y sale disparado hacia la enorme puerta de madera. Es lo único que lo entusiasma de visitar el campo. Mira el sendero y en el horizonte divisa la casona. El bocinazo lo saca del trance y de un salto sube para recorrer los pocos kilómetros hasta el destino final.
Del silencio de la tranquera al concierto de chicharras, palomas, chajás, vacas y gallinas. Otros saldrían disparados a jugar con los animales, a comer quinotos o cazar cuises, pero él no siente esa atracción. Escucha estos sonidos y extraña aquellos que le son familiares: bocinas, frenadas, motores, ciudad.  Su angustia se completa con el calor.
Los febreros se visita el campo, casi como tradición. No hay lugar donde se escape del calor. Ni en la galería, ni en el tanque australiano ni en la bomba. Quizás se alivia un rato, pero de inmediato llegan los bichos. Está todo el tiempo transpirado, incluso sentado. Añora el invierno y su ritmo de vida. El despertar de su padre a la mañana, el olor a pan tostado mezclado con café, el sabor de la chocolatada tibia que entra a la garganta, los scones hechos por mamá, el lemon pie de la abuela, los dibujitos de la tarde y la galletitería de la esquina atendida por el visco. Nada de eso existe en verano.
Al caminar por el pasto lo recibe un bicho colorado que lo pica y le saca ronchas en las piernas. Alérgico, se lamenta porque sabe que estará todo el fin de semana rascándose y maldiciendo el día que lo llevaron al campo. Su madre le pasará talco y agua con alcohol, pero la picazón seguirá hasta que se vuelva cáscara.
—¡Al final llegaron! —dice la abuela—. Vengan que hice manteca para el desayuno.
La comida. Ni la manteca, ni el queso, ni la leche ni el dulce de leche hechos en el campo son de su gusto. Le da un profundo asco ver su proceso de elaboración. Su abuela, nacida y criada en Las Marianas, ignora que él desprecia esto y le prepara chocolatadas con leche recién ordeñada. Un sorbo, una expresión de asco y a la pileta de la cocina. Come galleta dura con dulce de durazno y sale despedido de la cocina. Se entristece al saber que estará todo el fin de semana tomando té o mate cocido con tal de evitar la leche casera.
—No te preocupes, mamá, es así. No le gusta nada. Es un caquita.
—Esta leche es mejor que la de sachet y esta manteca más sabrosa. ¿Cómo puede ser que no te guste? —completa su padre guiñándole un ojo.
A los días agobiantes se le suman noches eternas. Los colchones de pluma de gallina son incómodos y los ruidos constantes lo aterran. Piezas amplias que se comunican por numerosas puertas. Cada dos habitaciones hay un baño, casi tan grande como los ambientes anteriores. La tabla rota del inodoro le pellizca la cola y el bidet le queda grande. No hay ducha. El agua se calienta en ollas y se sirve en regadera; la fría es de la bomba y es como un hielo. Apenas entra una rendija de luz se despierta, cansado de dormir mal y tener pesadillas.
Mientras su abuela mata gallinas, su madre lava verdura en la bomba, su tío anda en el tractor y su padre limpia las herramientas del taller, él decide investigar la casa. Abre puertas y más puertas para llegar siempre a la cocina. Una sola está cerrada con llave y eso lo intriga. Ensaya un interrogatorio pero su madre le contesta con una generalidad:
—No hay nada ahí, se guardan cosas viejas nada más.
En el comedor los retratos lo intimidan. Fotos en blanco y negro de personas muy jóvenes, la mayoría, muertas. De grande, entenderá que el cáncer es la enfermedad común de la familia materna aunque una consecuencia de adicciones  mortales como el cigarrillo o el alcohol. Un bigotón con los ojos chicos y una elegancia ajena al resto, le llaman la atención. Toma el pesado portarretrato de bronce y le pregunta entusiasmado a su mamá.
—Ese es mi abuelo, el irlandés. William se  llamaba. Él fue quien inició la tradición acá en Argentina. Murió antes de los cincuenta por cáncer de colon. Un borracho divino, según contaba mi papá. Desayunaba brandy y en plena noche se despachaba con una copita de licor de huevo.
Cuando su madre contaba la historia él pensaba en los parientes que no había conocido: el abuelo John, el tío Mike, la tía Maggie, y apenas a la tía Mole. Muertos a edad temprana. Todos borrachos.
La investigación ya no le parece divertida. El mecano oxidado se lo llevó su primo y el rifle de aire comprimido lo tiene su tío para espantar teros. Todavía lo intriga la puerta cerrada con llave. Piensa qué puede esconder mientras gira y gira colgado de la columna de la galería. Entiende que lo mejor será ir y preguntarle a su padre.
El taller, o galpón, como lo llama su tío, es una habitación que servía de baño para los peones en el apogeo de la producción. Ahora es un depósito de viejas miserias y chucherías inservibles, ideales para su papá: “arreglatutti”. Abre la puerta con cautela y lo observa en cuero, con las manos llenas de grasa, tratando de reparar el motor de la bomba.
—Si esta mierda anduviera no tendríamos que bombear a mano el agua. Pero no hay caso, no encuentro qué tiene roto.
Indaga el galpón. No entra ni un alfiler de la mugre y las porquerías que hay. Motos, bicicletas y hasta un auto yacen sin vida en ese lugar caluroso, con olor a grasa y mierda de gallina. Ve un machete y lo toma sin pedir permiso. Mientras juega a ser el “Zorro”, le pregunta sutilmente a su padre que hay en la habitación cerrada.
—Mugre, que va a haber. Algunos muebles viejos y las cosas de tu abuelo John. Nada que le interese a un chico como vos.
Recuerda que la pieza da al patio y puede espiar por la ventana para desterrar el misterio. Besa a su papá y escapa. Agitado llega al patio y ve a su abuela  en el tendedero colgando sábanas. Pero ella no lo observa. Sigiloso, se acerca a la ventana y se asoma tapando su cara con las manos para ver mejor.  La abuela nota su presencia.
—¿Qué usted hace ahí?, ¿qué espía?
No sabe qué decir, está paralizado por la vergüenza. Un tibio “nada” le sale cuando el reto se hace más grande.
—¡Vaya a jugar con los perros! ¡Ahí no hay nada que le interesa a usted! ¡Vamos, su ruta!
Cuando pregunta si esa es la pieza del abuelo John, los ojos de la anciana se llenan de lágrimas y la voz se ahoga de bronca.
—¡Qué le importa a usted! ¡Raje de acá! ¡Le voy a decir a su madre que se anda metiendo donde no debe! ¡Fuera, vamos!
Pega el mentón al pecho y camina hacia la planta de duraznos. Arranca uno, lo lustra con la remera y come. Es lo único que le gusta de allí: los duraznos. Son dulces como en ningún lugar y crecen a montones. En febrero están mejor que nunca, bien maduros y sabrosos. Mastica y piensa. Se imagina historias tenebrosas alrededor de la pieza. Ríe, desenfunda el machete y vuelve a su mundo de aventuras. Más tarde su madre lo retará por espiar y su tío le prohibirá usar la herramienta como espada. La noche volverá a ser larga y el domingo, infinito hasta que el cálido sol de la ruta lo adormezca y despierte en su departamento de ciudad.


jueves, 13 de diciembre de 2012

En el año del conejo


Revuelve el vaso con la mano izquierda. Dos vueltas a la derecha y dos a la izquierda para que el hielo enfríe el whisky. Toma el primer sorbo. Traga y saborea sin sacar la vista del fondo para repetir de inmediato la acción. Primero calor en el estómago y después ese golpe seco en la cabeza. Prende un habano, se sienta en el sillón de cuero verde y admira en penumbra la llegada de la noche. Se saca el anillo del dedo meñique con la boca y lo escupe en el whisky. Otras dos vueltas para cada lado y de nuevo el sorbo. Esta vez es un fondo blanco que se torna en un vórtice que succiona todo: líquido, hielo, anillo. Con la lengua rescata el objeto y lo pone con la boca en su mano derecha al momento que traga y disfruta del dulce dolor que le da tomar tan rápido.
Mientras fuma largas pitadas admira a trasluz el anillo. La esvástica engarzada en el medio brilla y le ilumina los ojos. Muerde el puro con las muelas mientras acaricia con los índices los ribetes rojos, negros y dorados. Un destello de luz verde y el posterior ruido lo sacan del trance. Inspecciona en silencio la habitación oscura, atestada de humo y olor a transpiración. Las aspas del ventilador giran y giran pero el aire que devuelven es más caliente que el de afuera. Mira por la persiana entreabierta lo que pasa en la calle. No hay un alma. Es 31 de diciembre y la gente está reunida esperando el nuevo milenio. Pero él no, está preocupado. Prende la luz del velador y se topa con un espejo que le devuelve una imagen rústica, desagradable. Calzoncillos blancos, medias de nylon negras, pantuflas, el habano en la boca, el anillo en la mano y la panza reluciente por el sudor.
“Es el año del conejo. No puedo creer que nadie se entere”, murmura mientras indaga una vez más la calle desierta. De golpe levanta la vista advertido por un ruido, sigue con la cabeza la trayectoria azul y desliza una sonrisa cuando la cañita voladora explota en lo alto de los edificios. Vuelve al sillón y prende el televisor. El zapping tampoco le entrega indicios precisos. Un recital de INXS, un canal en cuenta regresiva y varias películas sobre la Navidad, el Año Nuevo y Acción de Gracias. Entrega otra risa desganada y apaga. “Todos viven como si no pasara nada. Dios mío. Pobre de ellos”, murmura entre dientes. Estira  la mano y toma la revista que reposa en la mesita ratona. Es vieja, tiene casi un año pero a él lo marcó. Las hojas están arrugadas y algunas están por el uso. Pero el artículo que lo atrapó está intacto.
Durante el año chino, que es lunar, y comprende desde el 6 de febrero de 1999 hasta el 27 de enero del 2000, está dominado por el signo del Conejo con el elemento Tierra.
El elemento de tierra en este animal, el Conejo, lo hace más práctico y realista, alejándolo de las abstracciones y pérdida de tiempo. Sigue cuidándose de los demás pero no olvidando cuidar de sí mismo. La naturaleza particularmente amorosa que caracteriza al conejo, en combinación con la tierra lo vuelve más centrado y puede enfocar su atención en los detalles, hasta llegar incluso a ver solo los árboles en vez de ver el bosque.
La calidez característica del conejo y su natural elegancia, lo hacen más magnético en las relaciones interpersonales que otros animales con la tierra como elemento a desarrollar.  
Tira la revista contra la mesa y suspira de bronca. Chancletea con las pantuflas hasta llegar al baño. De un saque se  toma tres pastillas verdes. Las mastica y no se deja intimidar por el sabor a tiza que tienen. Abre la canilla del lavatorio y se prende para bajar la pasta que se le formó en la boca. Eructa con fuerza, abriendo bien la boca y emitiendo un feroz rugido. Se seca la boca con la muñeca y escupe en el lavatorio. Abre la mano derecha donde sostenía con fuerza el anillo y se lo vuelve a poner en el meñique. Otra vez al sillón verde. Otra vez la tele y otra vez nada. “Es al año del conejo y nadie se entera”, rechina. Vuelve a la ventana llamado por los cada vez más frecuentes fuegos artificiales y petardos. Mira el reloj y se percata que son las 12. “Feliz año nuevo”, grita con la ventana cerrada y la persiana a medio abrir. “Feliz año del conejo”, murmura con bronca.
El ruido de la calle lo aturde. Vuelve a prender el habano y llena el vaso con whisky. Mira la botella casi vacía. Preocupado abre el armario que está debajo de la tele y se da cuenta que no tiene más. “¿Dónde mierda consigo a esta hora?”, dice en voz alta mientras se queda colgado en un punto de fuga. Chista, patea las pantuflas y va a la pieza. Se cambia con desgano, con bronca. Camisa manga corta, bermudas azules y mocasines marrones de gamuza con las mismas medias negras de nylon. Se peina con la mano, guarda la billetera en el bolsillo trasero y sale. En el pasillo escucha el silencio del edificio. No hay nadie. Todos se fueron a la quinta de algún familiar o a un restaurante para pasar fin de año. Llama al ascensor que con el ruido habitual corta la monotonía creada por la penumbra y la ausencia de sonido. Baja y en el hall encuentra infraganti al portero tomando un vaso de sidra. Ensaya un esforzado saludo de felicidades y gana la calle.
Camina y camina en búsqueda de un kiosco que venda alcohol, pero especialmente el whisky que tanto le gusta. Johnny Walker etiqueta azul 12 años añejado. Difícil de conseguir, imposible en uno de los pocos días donde casi todo está cerrado. Igual no claudica en su búsqueda. Sigue de peregrinación hasta que toma conciencia que está muy lejos de su casa y tampoco hay taxis en la calle. Sí hay gente, que en vez de tranquilizarlo lo altera. “Es el año del conejo y yo sin whisky. No lo puedo creer”, grita en medio de la vereda y frente al quinto local cerrado que encuentra.  Su búsqueda cambia de rumbo. Ahora no quiere comprar el whisky, sino simplemente tomarlo en algún lado. Va por bares.
Se dirige al centro y encuentra a todos abiertos. Pero en ellos una multitud que lo desencaja. Transpira por el calor y por los nervios. Evita el contacto, el roce y hasta el cruce con cualquier persona. En una misma cuadra amaga con entrar a dos bares pero se espanta por el ruido, el olor o las personas. Llega al final de la calle y cansado de caminar ingresa en el que le parece el más adecuado. Apurado, se dirige a la barra y le pide un trago con dos medidas de Johnny Walker etiqueta azul 12 años añejado sin hielo. El mozo lo mira extrañado, pero igual cumple con el pedido. De dos sorbos se toma la bebida, paga y sale apresurado del bar.
El calor del whisky y del ambiente lo convierten en un mar de sudor. Camina rápido rumbo a su departamento. Está lejos y desesperado. Esquiva gente y autos con tal de llegar rápido. “Es el año del conejo y todos siguen como si nada fuera a pasar”, murmura constantemente  mientras acelera cada vez más el paso. Cansado de no llegar decide correr. Lo hace con torpeza porque la panza no lo deja mover bien. Como tampoco sabe respirar, jadea y le dan arcadas porque se ahoga con facilidad. Igual no se detiene. Continúa su agónico trote hasta llegar a su edificio. No hay nadie, ni el portero. La luz del hall está apagada y apenas lo ilumina la luz de la calle. Los ruidos siguen. Petardos, fuegos artificiales, música, sirenas, frenadas, gritos. Cierra la puerta y lo recibe el silencio. Lo que antes lo aturdía ahora es un bálsamo que lo relaja. Sube los siete pisos en el ascensor hasta llegar a su departamento.
Abre la puerta y encuentra el mismo panorama que dejó al salir. La botella de whisky abierta, las pantuflas desparramadas, el ventilador andando, la tele apagada y la persiana entre abierta. Suspira aliviado. Se dirige a la heladera y saca hielo del congelador. Pone tres cubitos en el vaso y lo llena casi al tope con lo último de whisky que hay en la botella. Se sienta en el sillón de cuerdo verde y prende el habano que descansa sobre el cenicero. Alterna un trago con una pitada, así hasta terminar el vaso e inundar de humo la habitación. Besa el anillo con la esvástica engarzada y suspira: “Es el año del conejo. No puedo creer que todavía nadie se dé cuenta”.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Soy el rey lagartija, puedo hacer lo que quiera


Metió la mano en el bolsillo del vaquero, sacó el paquete de chicles y se apuró para meterse uno en la boca antes que terminara la canción. Pero el tac del walkman llegó antes y tuvo que comenzar a rebobinar mientras le daba las primeras mordidas a la pequeña tableta de goma sabor menta fuerte. No se cansaba de escuchar una y otra vez las mismas canciones. Era su mejor manera de aprender, no solo las letras sino también las melodías. Pero la práctica no era lo suyo, su placer estaba en el mero disfrute de escuchar.
Con el volumen al máximo caminaba las cinco cuadras que separaban su casa de la parada del micro. Era rutinario, tenía bien marcado el tiempo, los pasos y la frecuencia de los colectivos que lo llevarían a la escuela. Hasta veía las mismas caras que cumplían una rutina similar. El paso nunca se alteraba, sin importar el apuro. La música era lo que marcabael ritmo. Esa mañana había estado con dudas en cuanto a lo que quería escuchar. Siempre llevaba en la mochila dos o tres cassettes con diferentes discos. Los de 90 minutos eran más pesados pero entraban dos discos y los prefería en lugar de los de 60. Lástima que se consumieran tantas pilas rebobinando, pero para eso estaba la salvadora bic azul sin capuchón ni cartucho. Siempre tenía claro qué escuchar desde la noche anterior, pero ese día no tenía idea. Tomó varios y pensó en decidirse en el camino.
Out of our heads fue lo primero que encontró su mano. Un disco de los Rolling Stones que se había comprado años antes y que amaba porque era una verdadera rareza. Los Stones eran su banda de cabecera, no tanto por elección sino más bien por herencia. Hermano menor de cuatro, creció rodeado de lenguas, discos y posters de la banda. Ya más grande casi que no tuvo elección. Antes de poner el cassette se fijó si estaba desde cero. Respiró al ver la cinta transparente y lo introdujo en el tosco walkman amarillo que le había robado a su hermano. El tamaño era lo peor que tenía, aunque lo elegía por el sonido. Igual extrañaba el negro que le habían regalado un par de cumpleaños atrás y que sucumbió en medio de la euforia del viaje a Bariloche.
Ya en el micro, se ubicó en el mismo asiento de todos los días. El anteúltimo de la fila de individuales. Le gustaba porque no estaba demasiado adelante, lo que lo obligaba a ceder el lugar a una vieja o embarazada, ni cerca de la puerta trasera, donde el permanente abrir y cerrar lo congelaba en invierno y lo fastidiaba en verano. El cassette de los Stones ya iba por la mitad del primer lado cuando sacó de su mochila el libro que le había encargado la profesora de literatura. Leer definitivamente no era su primera opción, pero no le quedaba otra si quería aprobar la materia y estudiar Periodismo al año siguiente. Pese al disgusto de tener que hacerlo, disfrutaba de eso. “El extranjero” le parecía fascinante y en parte se identificaba con el protagonista. Pero leía lento y muchas veces se perdía con alguna parte de una canción favorita.
Después de 50 minutos llegó al colegio y se apuró para comer un chicle antes que terminara el cassette. Pero nunca tenía éxito y el tac lo anticipaba siempre. Todos sus compañeros fumaban compulsivamente. Él tuvo ese mismo impulso a los 13 años pero lo abandonó porque no le gustaba. Remplazó esa necesidad de saciar ansiedades por el chicle. Comía todo el día y en todo lugar. Siempre el mismo gusto: menta fuerte. “El de paquete negro” solía decirle a los kiosqueros cuando no entendían su pedido. Aquella mañana salió antes de lo esperado, como casi todas. El faltazo de la de Geopolítica les vino perfecto para estar dos horas antes en la calle. Mientras sus compañeros planeaban a dónde ir, él sólo tenía en mente un lugar: Musimundo. Esa casa de discos era su lugar en el mundo. No iba muy seguido porque le daba rabia y tristeza no tener la plata suficiente para comprarse todo lo que quería, pero si tenía un lugar libre pasaba para ver, al menos, las novedades o escuchar algo de lo que se compraría con ahorros o pediría de regalo de cumpleaños.
Y allí fue. Cruzó Plaza Moreno, tomó 51 y se separó del grupo en 8 y 50. Sus amigos entraron a tapar arterias en Mc Donalds pero él siguió por 8 hasta 47. Saludó al florero de la esquina, cruzó y tomó por 47 hasta mitad de cuadra. Dejó la mochila en un locker y se zambulló en su paraíso terrenal. Desde los 8 años estudiaba inglés por obligación de su madre. En un comienzo lo detestaba pero cuando entendió lo que decía aquello que él escuchaba desde chico, todo cambió. La vida tuvo otro sentido, se ampliaron las perspectivas, se sintió grande. Por eso siempre encaraba a la parte de “Rock Internacional”. Y allí fue. Primero lo primero, la herencia. Se fijó si había algún disco nuevo de los Rolling Stones. Tenía casi todos, le faltaban algunos de la década del ´80 que no eran prioritarios por recomendación de su hermano, el experto. Cansado de escuchar siempre lo mismo decidió cambiar. Se fue a la letra D y allí se topó con la mirada penetrante de un muchacho castaño con rasgos bien delineados. Le llamó la atención que estuviera sin remera mientras el resto de lo que parecía ser la banda estuviera vestida. Tomó el compact, lo inspeccionó de cerca y se sintió aún más atraído. Levantó la mirada y leyó en letras amarillas: The Doors. El diseño fue la gota que rebalsó su curiosidad. Inspeccionó su billetera y constató con decepción que no llegaba ni a 10 pesos de los 20 que valía. Con dolor lo dejó en la batea y salió del local.
Yendo a la parada del micro levantó la cabeza para cruzar avenida 7 y miró el sol que se asomaba por el edificio del Banco Provincia. “Laura”, pensó. Y sin mirar el semáforo salió corriendo al banco para pedirle un enorme favor a su hermana mayor. Subió a toda velocidad las escaleras de mármol, empujó bien fuerte la puerta giratoria sin medir las consecuencias y las topper de lona comenzaron a resbalar en su corrida por el piso lustroso del hall de entrada. Un policía lo detuvo y le llamó la atención.
-         Me quiere explicar a dónde va tan apurado.
-          Disculpe, es que tengo que ubicar a mi hermana – respondió jadeante.
-          Está bien. Pero camine y no corra. Esto es un banco, no un salón de juegos.
-          Sí, gracias oficial – respondió casi sin poder hablar por la agitación.
Caminó lento por exigencia de la autoridad pero su corazón estaba tan acelerado como antes. Miró el gran reloj que estaba en una de las esquinas para ver si estaba cerca o lejos del almuerzo, pero maldijo no saber la hora en agujas y ser un flojo hijo de la generación digital. Se acercó al mostrador de mármol que circundaba todo el salón y comenzó a cogotear para ver si estaba su hermana. La encontró en una de las cajas explicándole con suma paciencia a una señora entrada en canas cómo debía hacer un depósito. Esperó su turno y cuando la señora se fue la cara de Laura se iluminó.
-         Hola bebé. ¿Qué hacés acá? – preguntó en tono tierno que evidenciaba los 20 años de diferencia que había entre ambos.
-         Que hacés, Lau. ¿Tenés ganas de hacerme ahora el regalo de mi cumple?
-        ¿Ehh? Faltan dos meses para tu cumpleaños. ¿Qué pasó? ¿En qué quilombo te metiste? No me digas que le debés plata a alguna minita porque te juro que te mato.
-       No, nada que ver. Vi un disco que me volvió loco y no tengo guita. Te venía a manguear a vos así me lo llevo ahora para casa.
-      Ahhh era eso. Menos mal. Mirá que estás en una edad peligrosa y cualquier pendeja te puede arruinar la vida. ¿Te cuidás no? Soy muy joven para ser tía todavía.
-          ¡Ay Lau sí! ¿Me vas a prestar la plata?
-          Sí obvio corazón. ¿Cuánto necesitás?
-          Me faltan 15 pesos.
-          Bueno tomá 20. Quedate con el vuelto por si necesitás para otra cosa.
-          ¡Gracias Lau! Sos la mejor del mundo. Acabás de hacer feliz a tu hermano menor.
-          Sí, sí. Más vale que cuando vaya para tu cumple me hagas escuchar el disco, porque si me llego a enterar que fue para alguna chiquita te cuelgo de las pelotas.
-         Jaja. Despreocupáte, eso no va a pasar.
Se apoyó en el mostrador y de un salto se estiró para darle un beso a su hermana. Bajó y aceleró el paso para ir a comprar el disco. Disminuyó la marcha al pasar al lado del policía al que saludó con un impostado “Buenas tardes”. Empujó con fuerza la puerta giratoria y se eyectó como una bala al disquería. Lo compró con una sonrisa indisimulable y se fue corriendo a tomar el primer micro rumbo a su casa. Esta vez no se puso los walkman. Ni bien se sentó sacó de la bolsa el CD y empezó a indagarlo. Miró la lista de canciones, leyó los créditos y se preocupó por encontrar el nombre de ese muchacho que lo había hipnotizado con la mirada. Vocals: JimMorrison se leía en el dorso inferior izquierdo del cuadernillo. Después de leer las letras sin siquiera imaginar cómo podían sonar, le dio una segunda lectura para tratar de entender el contenido. En esa tarea consumió los 40 minutos que tardó el micro hasta su parada.
Ansioso, corrió las dos cuadras a su casa casi sin respirar. Llegó, tiró la mochila en la entrada de la escalera y se abalanzó sobre el equipo de música. Estaba solo, lo que le parecía un guiño de la providencia ya que podría poner el volumen bien alto y no tener que discutir con su madre o sus hermanos. Mientras esperaba el comienzo del disco abrió la heladera para preparar su almuerzo. El riff de batería lo encantó. A medida que se acercaba a la mesa el resto de los instrumentos lo fueron rodeando: primero el hammond, después la guitarra y por último él. Una voz gruesa, algo rasgada que de inmediato adquiría un color más oscuro y alto. Enloqueció. Largó los platos sobre la mesa, subió el volumen a un nivel insano y arrancó el librito. “Break on through” era esa canción que lo había desencajado y que le mostraba otro mundo. Porque no era solamente otra música, sino que se trataba de algo completamente nuevo. Mientras el disco sonaba tan fuerte como al principio, suspendió su almuerzo para grabarlo de inmediato en un cassette. Indagó sus cajones, dio vuelta toda su cassettera y encontró uno perdido de años atrás que ya no tenía sentido. “A regrabarlo” pensó. Y allí fue.
Durante dos meses, The Doors fue su cassette. De ida y vuelta en el micro. De noche en el auto prestado del hermano. Era su mejor amigo, su compañía perfecta. Fue un rito de iniciación, el descubrimiento de otras expresiones. Un punto de partida. Completó la discografía en el término de ese año y al entrar a la Facultad de Periodismo se acercó a autores que, casi sin querer hablaban un poco de lo que decía su ídolo Jim Morrison. Las puertas de la percepción se abrieron por completo. Morrison fue el puntapié inicial. Llegarían después muchos más. The Beatles, Pink Floyd, AC-DC, Iron Maiden, entre otros.Y, por supuesto, sus entrañables Rolling Stones. Rescataría la esencia familiar con el tango de Julio Sosa y la revolución de Astor Piazzolla. Descubriría a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota gracias a sus amigos de la secundaria. Y el cine, que hasta ese año él creía que no había nada más allá de la trilogía de “La Guerra de las Galaxias”. Todo era nuevo. Todo tenía sonido. Todo era música. Incluso esa literatura obligatoria que ya no tenía tan mal sabor.